Amaba París, por encima de todas las cosas. No había un rincón del día en el que no mandara sus pensamientos hacia allí. Aunque lo que Violet realmente extrañaba, era lo que había dejado entre aquellas calles...Jean siempre le había parecido demasiado joven para ella, hasta el punto de sentir aquél impulso maternal que le obligaba a velar por aquella criatura. Siempre, hasta aquella noche en la que se despidió de la ciudad entre sus brazos. Fue la última cena del grupo de viaje con el que había pasado las dos últimas semanas y, ese apuesto parisino la invitó a la última copa en el lujoso batobus que cruzaba el Sena aquella noche. Puede que las atractivas luces de la Tour Eiffel hicieran más hipnóticos sus ojos verdes, o que el champaigne francés se estuviera cobrando su precio en el delicado cuerpo de Violet... Realmente no lo sabía, no hasta que despertó a la mañana siguiente enredada entre sábanas y los brazos de Jean.No se arrepintió. No, extrañamente.Incluso un desesperado intento de bajar del avión esa misma tarde para comprar más champaigne, le asaltó durante unos instantes.París la había embrujado, sí. Y la amaba por encima de todas las cosas.





